
Al fin, a las once del día comenzó a soplar la brisa. A las doce nos preguntó el patron si tocaríamos a tierra para comer, y a la una y media el viento a la cabeza era tan fuerte que nos vimos obligados a echar al ancla a sotavento de Punta Francesa, que forma una sola isla con Punta Mosquito. La isla no tiene nombre propio, y no es más que un banco de arenas cubierto de plantas marítimas, dejando un paso estrecho entre ella y la tierra firme, por medio del cual se puede navegar en canoas pequeñas. Nuestro anclaje quedaba enfrente del rancho de un pescador, única habitación que existía en la isla, construida en la forma de un wigwam de los indios del norte, techado de hojas de palma que llegaban hasta el suelo, con una abertura en cada extrimidad para dar libre curso a la corriente del aire; de manera que, mientras se encontraba uno a distancia de un paso de la puerta, se sentía un calor vehementísmo; lo mismo era entrar en el rancho que sentirse fresco y alivio. El pescador estaba meciéndose en su hamaca y un hermoso muchacho indio se ocupaba en hacer las tortillas, presentando ambos una bella pintura de la juventud y una vigorosa vejez.
Excerpted from Viaje a Yucatan 1841-1842 by John L. Stephens. Translation by Justo Sierra O’Reilly. Originally published as Incidents of Travel in Yucatan by Harper & Brothers, New York, 1843.
